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La Coctelera

REFUGIO PARA PERPLEJOS

Una mezcla vil de mentiras y medias verdades

6 Marzo 2009

Fragmento del poema IN MEMORIAM A.H.H. de Arthur lord Tennyson (1833)

Canto 50 (L)

Be near me when my light is low,
   When the blood creeps, and the nerves prick
   And tingle; and the heart is sick,
And all the wheels of Being slow.

Be near me when the sensuous frame
   Is rack'd with pangs that conquer trust;
   And Time, a maniac scattering dust,
And Life, a Fury slinging flame.

Be near me when my faith is dry,
   And men the flies of latter spring,
   That lay their eggs, and sting and sing
And weave their petty cells and die.

Be near me when I fade away,
   To point the term of human strife,
   And on the low dark verge of life
The twilight of eternal day.

 

Permanece a mi lado cuando se apague mi luz,
Y la sangre repte;
Y mis nervios den estremecedoras punzadas.
Y el corazón esté enfermo,
Y todas las ruedas del ser se vayan deteniendo.

Permanece a mi lado,
Cuando al cuerpo lo torturen los dolores que conquistan la confianza.
Y el tiempo, loco, siga esparciendo el polvo,
Y la vida, una Furia que arroja llamas.

Permanece a mi lado,
Cuando mi fé esté seca, 
y vuelen las moscas de la última primavera
que dejan sus huevos y pican y cantan,
y tejen sus nimias celdas y mueren

Quédate a mi lado cuando me vaya apagando
para señalar el final de la lucha humana,
y en el bajo y oscuro borde de la vida
el eterno atardecer del día.

(Traducción: MP)

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12 Diciembre 2008

THE MOST BEAUTIFUL GIRL IN THE WORLD

Al igual que dice el tema de Prince a que hace referencia el título, la chica más linda del mundo murió hoy a los 85 años. Bettie Page es el símbolo de la belleza y el erotismo sin maquillaje, sin las luces del centro, sin el falso glamour de Hollywood o las revistas de moda. Bettie es la belleza de una mujer común.

No debió morirse. Ni tener 85 años. Es decir, ambas cosas fueron trámites inevitables. Ahora, hoy, es libre para seguir siendo la más hermosa, joven, sexy y eterna que fue siempre.

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28 Agosto 2008

LAS RATAS DEL CEMENTERIO de Henry Kuttner

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de

Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se

había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del

guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada

junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil.

Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.

Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares

miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris.

Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros

descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes

galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que

antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos

muy extraños.

Masson se asombraba a veces de las extrañas proporciones de estas madrigueras.

Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado antes de llegar a la vieja y

embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía

en la muerte, ocultas en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los

viejos tiempos en que Cotton Maher exterminara los cultos perversos y los ritos

orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de las siniestra Magna Mater. Pero todavía

se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y

leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se

celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo

significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos

cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.

En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el

peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror

que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores

sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían

poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los

ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían

en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos

cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines

subterráneos y nocturnos. El mito de flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba,

en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían

parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.

Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos

y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De

conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir

muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a

las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones

muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando

muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de

pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible

después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos

comerciantes de medicina y médicos pocos escrupulosos que necesitaban cadáveres sin

importarles demasiado su procedencia.

Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una

investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aún cuando algunas

veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera

suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.

El tamaño de esos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la

circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y

no por lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado

de inteligencia.

Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada

de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía

varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un

lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones

irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro

flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de

descubrir la tapa de un ataúd de madera.

Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a

desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aún

lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y

pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado

la pala.

Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente

las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a

necesitar luz. Apartó la pala y se inclinó a revisar los cierres de la caja.

De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si

algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror

supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de

aquellos ruidos. ¡Las ratas se habían adelantado otra vez!

En un rapto de cólera, Masson arrancó los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala

bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego

encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.

La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso; el ataúd estaba vacío. Masson percibió

un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.

El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una

galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie

fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le

habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato

con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un

tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos

agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por

el agujero.

Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a

través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del

cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y

esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver una persona ordinaria, Masson

habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha

madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla

debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón

y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de él, a al luz de la linterna,

podía ver como las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del

túnel de tierra. También el trató de arrastrase lo más rápidamente posible, pero había

momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas

paredes de tierra.

El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no

alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos

empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños

desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada,

naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.

Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de

recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa

realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un

hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el

cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que

tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.

El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa

de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas,

hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la

salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.

De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le

hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un

chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al

enfocar la linterna hacia atrás, dejó escapar un gemido de horror: una docena de

enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran

unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que

desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella

sombra apenas vista.

La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse

furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja

oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó

cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas

paredes de la madriguera para no herirse.

El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez

disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó

a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las

ratas, que se le echaron encima otra vez.

Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera

enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin

apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron

demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que

pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.

Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris

se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un

lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a

correr.

Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra

abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un

poco más adelante. De momento, lo tomó como un montón de tierra desprendido del

techo; luego vio que era un cuerpo humano.

Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un

pánico sin límites, de que se movía.

Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro

horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un

cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos

ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar contra

Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en

una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.

Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente

por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la

criatura que la seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de

avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras

afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se

atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y

maldiciendo histéricamente.

Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible

voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes,

pero logró desembarcarse ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico,

pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había

rechazado las ratas.

Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte

superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que

la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que

obstruyese el túnel!

La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el

barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor

de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la

movió de sus cimientos.

Se acercaban la ratas... Era el ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa,

repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de

la piedra y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el

túnel.

La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas

se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un

desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel

entero se estaba desmoronando!

Jadeando de terror, Masson se desmoronaba mientras la tierra se desprendía tras él.

El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer

uso de sus manos y sus piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que,

de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó

contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las

tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse,

se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El

terror lo descompuso.

Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral,

por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd vacío, al que había entrado

por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo!

Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía

inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era

inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a

través del metro y medio de tierra que tenía encima?

Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. Era un

paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil

intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si

lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con la uñas una salida hacia el

aire... hacia el aire...

Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos.

Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los

triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas

esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego

se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró lo ojos, sacó su lengua ennegrecida y se

hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los

oídos.

FIN

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15 Agosto 2008

ULALUME

Los cielos estaban cenicientos y lúgubres.
Los follajes crispados y huraños.
Las hojas marchitas y secas.
Era una noche del solitario octubre,
Del más inmemorial de los años.

Fue cerca del oscuro lago de Áuber,
En la región brumosa de Weir,
Junto a la ciénaga brumosa de Áuber,
En el bosque embrujado de Weir.

A través de un paseo titánico de cipreses
Vagaba yo en soledad con mi alma;
De cipreses, con Psiquis, mi alma.
Mi corazón era entonces volcánico,
Como las escorias que ruedan en los ríos,
Como las lavas que ruedan intranquilas

En las sulfúreas corrientes del Yaanek,
En los últimos climas del polo
Que gimiendo mientras bajan rodando el monte Yaanek
En los reinos del polo boreal.

Nuestra charla había sido grave y moderada,
Pero nuestros pensamientos estaban paralizados y marchitos;
Nuestros recuerdos, inciertos y gastados,
Pues no sabíamos que el mes era octubre
Ni advertimos la noche del año
(¡Ah, noche entre todas las noches del año!)
No vimos el oscuro lago de Áuber
(Aunque ya habíamos bajado por allí).
No recordamos la húmeda ciénaga de Áuber
Ni el bosque embrujado de Áuber.

Y entonces, cuando la noche envejecía,
Cuando el cuadrante astral señala la mañana,
Al fin de nuestra senda,
Un lácteo fulgor nacido
Fuera del cual un milagroso creciente
Se alza con doble cuerno:
El creciente diamantino de Astarté
Claro y con su doble cuerno.
Y le dije: "Es más tibia que Diana:
Flota en un éter de suspiros,
Ríe en una región de suspiros:
Ella ha visto que las lágrimas no se secan,
Aquellas mejillas donde los gusanos nunca mueren,
Y ha pasado por las estrellas del León
Para señalarnos la senda de los cielos
De la paz leteana del Cielo;
Sube a pesar del León
Brillando sobre nosotros con su mirada confiada,
Sube sin temer el cubil del León,
¡Con amor en sus ojos radiantes!

Pero Psiquis, levantando su dedo dice:
"De esa estrella, oh mortal, desconfía:
De su extraña palidez yo desconfío.
¡Oh!, ¡apresúrate! ¡No meditemos!
¡Oh!, ¡vuela! ¡Ven!, huyamos; debemos hacerlo"
Aterrorizada habló, dejándome por el polvo.
Todavía ellos, apesadumbradamente, las arrastraban por el polvo.

Yo contesté: "Esto no es nada sino un sueño;
Sigamos su trémula luz;
Sigamos bañándonos en su cristalina luz;
En su sibilino esplendor está brillando
La Esperanza y la Belleza de esta noche.
¡Veo sus alas subir al firmamento a través de la noche!
Confiémonos en su resplandor
Y con seguridad nos llevará felizmente.
¡Confiémonos en un resplandor
Que no puede sino guiarnos con acierto
Cuando sube al Cielo en medio de la Noche!"

Así calmando a Psiquis, la besé,
Intenté alejar su melancolía
Y vencí sus escrúpulos y tristeza;
Pero estábamos parados a la puerta de una tumba;
Cerca de la puerta de una legendaria tumba.
Y yo dije: "¿Qué lees, dulce hermana,
En la puerta de esa legendaria tumba?"
Y ella dijo: "Ulalume, Ulalume.
¡Es la tumba de tu perdida Ulalume!"

Sentí mi corazón lúgubre y yerto
Como cuando las hojas se crispaban,
Como cuando las hojas estaban marchitas y secas.
Y yo grité: "¡Será seguramente octubre!"
Fue una noche idéntica, hace un año
Cuando viajé, cuando descendí hasta aquí..
Llevando una terrible carga.
¡Aquella noche, aquella noche del año!
¡Oh!, ¿qué demonio me trae hasta aquí?
Reconozco la ciénaga de Áuber
Y la región brumosa de Weir;
Bien conozco ahora que ésta es la ciénaga de Áuber
y aquél el embrujado bosque de Weir!

Edgar Allan Poe (1847)

Image:Ulalume-Rosetti.jpg

Esta ilustración fue realizada por Dante Gabriel Rossetti en 1847 para el poema.

Tags: poe, ulalume

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10 Enero 2008

QUEDAR A MANO

=

Para terminar. Para dejar en claro que todo pasa. Fin de fiestas, adiós petardos. Un chiquito que no va a cumplir los tres años porque algún hijo de puta decidió festejar el final del año tirando a cualquier lado con una 38. Y quemados y tuertos. Y varios dedos menos en pibitos que, seguro, esta navidad no se la olvidan más.

Así decidimos festejar las fiestas. Matando, lastimando. De manera salvaje y bruta. De esa manera decidimos celebrar el año que comienza. Lo siguiente es salir a matarse en las rutas y bailar el tema del verano.

Lo que me molesta es esa brusca desnaturalización a la que hemos reducido lo que tal vez debía ser un momento para pensar. El cambio del año representa lo que viene, pero también lo que queda irremediablemente atrás. Avanzamos en la vida y vamos dejando gente atrás, gente a la que amamos y que ya no van a seguir con nosotros. En esa maldita y caprichosa direccionalidad del tiempo, seguimos y seguimos, cada vez más solos.

Eso representan para mí las fiestas del fin del año: otro año más que me separa de muchas cosas que quise, que viví y que ya no están ni van a volver. Es tan monstruosamente irreversible que asusta.

Si se lo piensa, claro.

La vida es, tal vez, eso. Las dos caras de Jano. O como diría Héctor Larrea, una de cal y una de arena. Avanzamos y dejamos gente atrás, pero de alguna manera misteriosa, se vienen con nosotros. Los llevamos encima. Todavía oímos sus voces, recordamos el calor de una caricia, el perfume de un día en particular.

Entonces busco quedar a mano. Porque finalmente por cada ausencia, hay una presencia y por cada dolor una alegría. Y si algún recuerdo duele, algún otro nos hace reír. Eso significa: una de cal y una de arena. Quedar a mano.

No se cuánto me queda en este mundo ni se si hay otro después. Pero se con toda certeza que lo que me queda no es malo si puedo abrazar a mi hijo y mirar con él una peli de Robert Rodríguez o de Alex de la Iglesia. O si podemos escuchar juntos a Led Zeppelin y si puedo ver cómo, cada día, se va transformando de un chico a un hombre.

Y si todavía puedo hacer reír a mi mujer o pasear con ella un rato largo o abrazarla u olerla y saber que está allí, al lado mío cada mañana y desear cada vez que me perdone todas mis locuras y mis cabronadas.

Si otro año se fue, se que me alejo más de gente a la que he querido. Y me alejo de la posibilidad de enmendar las cosas que hice mal con ellos. Y se que pedir perdón a veces no alcanza, que las culpas, igual que las palabras no dichas, no tienen expiación ni arreglo. Que quizás las lágrimas laven todo eso. Pero no puedo estar seguro.

Lo que se, es que cada año que avanzo, también, me los llevo conmigo. A todos. A mis queridos. A toda esa gente que hizo mi vida, que me cuidó, que me amó y a la que, alguna vez, yo no fui capaz de retribuir.

Y a donde yo vaya, ellos van también. Los llevo en mi amor, en mi memoria, en todas mis tristezas y en todas mis alegrías.

Eso pasa con las fiestas. Que me vuelvo loco y tardo mucho en descubrir finalmente la manera de quedar a mano conmigo y mis fantasmas.

MP

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29 Diciembre 2007

IMPOSIBLE

Se nos enseñó a creer en la redención. Creemos que nuestros errores pueden ser perdonados, corregidos, redimidos. Creemos, en realidad, que nosotros mismos podemos ser redimidos, elevarnos por encima de nuestras miserias y volar.
Pero es imposible. Porque nuestros errores son parte de los errores de los otros, porque nadie puede cargar con la culpa de todos, porque, mal que nos pese, las culpas se reparten como las barajas. Porque estamos todos conectados e interactuar tiene un precio. Convivir tiene un precio y la soledad también.
Cada año que pasa, se refuerza mi creencia de que las Fiestas sirven solamente para agudizar las tristezas, los dolores y las miserias. Se nos impone el festejo, la visita, la carcajada. No hay derecho a la introspección, al silencio. A seguir con el normal devenir de la vida. No. Debemos existir dos semanas en un estado de permanente excepción, de agitación consumista, de alegría lisérgica, histérica. No podemos esquivar el bulto sin que alguien se ofenda, por ese complicado entramado que es la convivencia. Se debe vivir concediendo, dando explicaciones, olvidándose de uno en beneficio del conjunto.
Sino se hace eso, si se sacan los pies del plato, las consecuencias están allí. No creo que nadie quiera provocar dolor en los seres que ama, pero es evidente que así es. Ocurre. Uno vive, se equivoca, avanza y retrocede. Y por un casillero que se adelanta, tal vez le toque retroceder diez. Sería ideal que entendiéramos que la vida es una serie de errores y de aciertos gobernados por el azar ciego. Que no hay planos, manuales ni mapas mágicos para vivir. Que nos enfrentamos a lo que aparece como podemos y lo resolvemos vez por vez, muchas veces mal, algunas bien. Siempre de pedo.
Las fiestas parecen potenciar estas cosas. Pero reconozco que es sólo en algunas personas. Un servidor, por ejemplo. Quisiera poder tomar las cosas con esa deliciosa superficialidad con que la mayoría disfruta este tiempo del año, sin mayores complicaciones. Reunirse, festejar, comer, beber y lo que siga. Siempre alegre, siempre feliz. Esperando que pase rápido el año para que llegue otra vez esta época bendita donde tan bien se la pasa.
MP

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7 Diciembre 2007

DE MÍ (3)

Tengo un problema: no tolero el verano. Soy gordo, antiestético. Mi cara tiene un color raro y toda la ropa me queda mal. Soy la antítesis de esos que aparecen en las publicidades veraniegas. Animalitos perfectos de cuerpos sin fallas que viven en el gimnasio y su único trabajo es dorarse al sol. Son una plaga del verano, como la alegría, la explosión de hormonas manufacturada por los medios de comunicación y esas chicas perfectitas que corren juntitas en cámara lenta por la playa de Pinamar o Punta. En lo que a mí respecta, son una especie de Barbies, tal vez, como en el cuento de Jenny Link, ni siquiera tengan concha. Solo una cosa lisa entre las piernas torneadas.
Odio el verano. Odio esa alegría prefabricada que chorrea por la tele. Todos esos seres despreocupados divirtiéndose sin parar. Esa vidriera obscena del derroche.
Ya lo dije. Soy gordo, o sea feo. Soy lo que no se debe mostrar en el verano, el lado oscuro de la felicidad del fin del año. No es que sea un existencialista pelotudo, me gustaría vestirme mejor. Pero para eso hace falta plata y un cuerpo que sirva para ponerle ropa encima. No tengo ninguna de las dos. Allí va otra de las preguntas metafísicas sobre las que escribía el otro día: ¿por qué algunos las tienen todas y otros ninguna, eh?: buen lomo, buen laburo, buena ropa, etc. Yo trabajo en un lugar que parece un panteón abandonado. Veo la luz del sol cuando salgo. Exagero. Tengo unas ventanas enrejadas. Me siento en Sierra Chica. Ok.
El mundo, la vida, qué se yo, tiene cara y culo. ¿Hace falta que diga en cuál estoy?
Me pregunto si deberé reclamarle a Dios por estos temas. Dios, hey, hola. Mirá, llevo 41 años en el lado equivocado del mostrador. ¿Se podrá hacer algo? No tengo problemas si hay que untar a alguien. Mientras no sea mucha plata...
Ah, el libre albedrío. Es un buen punto. Uno termina teniendo la culpa de todo y si sos medianamente inteligente, entendés que no hay nadie a quien culpar. Soy gordo porque me gusta comer. El pensamiento mágico dice: me mato haciendo dieta y no bajo ni un puto gramo. Me como un alfajor y aumento tres kilos y subo tres por ciento de triglicéridos. Cosa de Mandinga.
Así funciona esto. ¿Cómo podría estar alegre como esos boludos de la tele?
No soy un maniático. No en todos los casos, al menos. No al estilo Abuelo Simpson “señor presidente, he notado que hay demasiados estados en este país, Por favor, elimine tres”. Soy un gordo al que le gustaría no serlo. No por estética simple e idiota. Pero comprar ropa es un desastre, una humillación. Conozco y sólo lugar en que el vendedor es gordo. Los demás son esos malditos delgados que te desprecian con mayor o menor disimulo mientras te dicen que allí ropa para vos no hay. “No hacemos talles especiales, señor”. Todo lo que pase de la ropa para Peso Mosca es talle especial. La industria de la indumentaria y la de la moda, en consecuencia, son absolutamente nazis. Si no entrás dentro de los cánones lombrosianos de la “raza superior”, adiós. Vestite con lo que puedas. A este paraíso no podés entrar. Bueno, paraíso...
Otro de los males del verano inminente (además del calor, va de suyo, junto con mosquitos, cucarachas y otras delicias de las altas temperaturas), otro de los males, decía, es ese fenómeno intolerable llamado genéricamente “LAS FIESTAS”.
En primera medida, no soporto la pirotecnia, Tengo malos recuerdos. Me quedé mirando mientras un simpático buscapié encendía mi camisa como una antorcha allá por el 73 o 74. Duele, lo juro. Además es un instrumento peligroso. Justo en este país donde lo trucho manda, el 90% de lo que explota en las fiestas es ilegal, hecho en casa e inestable a niveles terroríficos. La noticia del día siguiente son los cientos de boludos que perdieron dedos, ojos, o peor, hicieron que hijos, sobrinos, etc, perdieran dedos u ojos.
No es lo único que odio de las fiestas. Lo otro es la alegría obligada, la reunión impuesta. Más nazismo. Obligación de sonreír, de atragantarse con comidas invernales codo a codo con gente con la que normalmente no te reunirías, con la música de fondo de los petardos y las balas perdidas con que a buena parte de los habitantes de esta zona del mundo les gusta despedir el año o festejar el nacimiento de Jesucristo. A los balazos, casi siempre matando a alguien, embruteciéndose con alcohol y comiendo más de lo que soporta el cuerpo, todos a los gritos y con la música al palo.
No gracias.
¿Por qué la gente te obliga a festejar estos eventos tan espantosos? Porque la verdad es que si uno dice, no voy, alguien o varios se ofenderán casi seguro. Claro, ¿cómo vas a querer quedarte en tu casa un día en que todos están alegres y abundan los forros que salen a hacerse mierda con el auto después de las doce con la sangre saturada de Fresita? ¿Quién en su sano juicio se perdería una fiesta así?
Yo. Yo me la quiero perder. Definitivamente. No tengo auto. Volver a casa es imposible Además no tengo nada para ponerme.
MP

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6 Diciembre 2007

DE MÍ (2)

Las personas se pasan la vida buscando respuestas a preguntas “trascendentales”: quién soy, para qué nací, por qué no puedo bajar de peso. Se nos va la vida en preguntarnos cosas cuyas respuestas en realidad no queremos saber.

No son un misterio. De hecho, la facilidad misma de la respuesta la aleja kilómetros de la posibilidad de responderla, en el imaginario humano. Saber que no existimos por ninguna razón en particular, concluir que somos un accidente biológico, una casualidad afortunada es demasiado insoportable. Preferimos pensar que no sabemos esa respuesta pero que se oculta por allí, detrás de un insondable muro de misterio cósmico. La idea de ser un accidente es imposible de procesar. Debemos tener un objetivo, una razón que nos haga existir. No podemos ser así porque sí. El azar nos horroriza.

Yo también me pregunto cosas todo el tiempo. Y también tengo ese vértigo desagradable ante la respuesta que no quiero oír, que me niego a saber. Por razones como estas es que triunfa el pensamiento mágico en nosotros. Es nuestro escape perfecto. “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horatio, bla bla bla”. A eso nos aferramos. A que haya más cosas.

Nos interesa el Más Allá debido a que necesitamos que haya uno adonde ir cuando nos toque. Y además para tranquilizarnos pensando que los que amamos y se han ido, están de hecho en algún sitio. No puedo afirmar que sea así, pero tampoco puedo negarlo. La razón indica lo suyo, pero el pensamiento mágico es parte de la condición humana. Y no es desdeñable.

Vivimos en una red de cábalas, signos a interpretar, retazos de magia con minúsculas, de ilusionismo cotidiano. Tomamos como válidos sueños que se reinterpretan en números para ganarse unos pesos, pero lo cierto es que ocurre, y esa ocurrencia destruye la Ley de las Probabilidades, porque NO es muy probable que nuestros sueños anuncien el número que va a salir al día siguiente, pero ocurre con llamativa asiduidad. Casi podría decir, sin temor a exagerar, que cada día, alguien convierte en dinero un sueño interpretado al apostar al número correspondiente.

Muestra y botón. Cosas como estas permiten intuir algo que gobierna los eventos del Cosmos. Es como lo del número PHI. Pensamiento mágico. Repetimos ropa, posturas y gestos en cada partido de fútbol, emulando las que cometimos el día en que nuestro equipo ganó. Ese ritual es pura magia. ¿Resulta? Alguna vez. Nunca lo suficientemente poco como para perderle el respeto. Tenemos el reflejo primitivo de respetar los rituales o prepararnos para afrontar las consecuencias de no hacerlo. No es malo. Sería rarísimo que hubiéramos superado eso.

Estamos llenos de ritos mágicos. Nuestros gestos cotidianos son un catálogo de magias: simpáticas, parasimpáticas, por imitación, por negación. Nos hemos rodeado de lo sobrenatural y de tanto repetirlo se ha vuelto lo contrario: natural. Por eso si está por salir un viaje o un laburo, no se dice antes para “no quemarlo”. Nadie razona esto: se hace y ya. Eso es magia.

Vivimos rodeados de oscuridad. Si en verdad somos un accidente biológico, somos al menos uno muy complejo y entendemos una milésima parte apenas de las reglas que gobiernan la manera en que existimos, que nos relacionamos, que pensamos, comemos, copulamos o lloramos. Somos un mecanismo de una complejidad y una fragilidad asombrosa. Pasamos por la vida como el borracho que cruza el río por unas piedras separadas y resbaladizas pero igualmente no se cae. Somos la corporización del azar.

No se si las respuestas de esas preguntas trascendentes existen. Se que algunos dicen saberlas y te cobran muy bien por revelarlas. Escriben libros y se hacen estrellas. Y después de firmar ejemplares en una librería coqueta de un barrio oligarca, se llevan alguna minita arrobada de admiración a mostrarle que aún lo más profundamente espiritual tiene su lado carnal, por donde empezar.

Nadie diría que no es un MUY BUEN curro.

MP

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