EDITORIAL SOBRE EDGAR A. POE PARA EL CIRCULO VINCENT
ESTE ES EL EDITORIAL QUE ESCRIBÍ PARA NUESTRO PROGRAMA ESPECIAL DEL SABADO 23 DE SEPTIEMBRE, EMITIDO POR FM CLASS.

Tenía ocho años cuando mi bisabuela me leyó por primera vez un relato de Edgar Allan Poe de un librito muy viejo que andaba por la casa. Por aquél tiempo ella pasaba conmigo las horas largas de la siesta, sentados los dos en el lavadero, leyendo cuanto libro caía en nuestro poder. El de Poe era un volumen rústico y pequeño, que portaba el título de Narraciones Extraordinarias. Todavía lo tengo. Sigue allí en mi biblioteca, como testigo vivo de esos momentos con mi bisabuela, cuando la casa de mis abuelos estaba silenciosa y el sol entraba por el tragaluz del pasillo con una cualidad mágica.
Poe fue mi primer lectura. Y ese mundo suyo, obsesivo y aterrador a pesar de la traducción deficiente e incompleta que más tarde descubrí que el libro en cuestión poseía. Ese mundo melancólico y fúnebre fue también parte del mío. Tal vez no de la manera más o menos elaborada con que puedo expresarlo ahora. Pero la percepción de esos terrores, de esos miedos estuvo allí siempre. Que lo digan mis pesadillas, sino.
Si digo que las palabras Poe escribió dieron forma a una parte de mi vida sonará inevitablemente pretencioso, sin embargo es la más simple verdad. Ese librito ajado de traducción imperfecta fue el sitio al que siempre estaba volviendo, a medida que pasaban los años. Y buena parte de esa atmósfera gótica, necrofílica y pesadillesca que impregna su obra dio origen a mis miedos primero, y después a mi pasión por la literatura. Es decir, a lo que yo soy.
Los datos biográficos de Edgar Allan Poe, como los de cualquier persona, apenas una relación de fechas y eventos que no alcanzan de manera alguna para reflejar quién fue en realidad. Para los manuales escolares, Poe fue un escritor norteamericano que vino al mundo en Boston el 19 de enero de 1809. Julio Cortázar, su mejor traductor a nuestra lengua, dirá de él “nació allí como podría haber nacido en cualquier otra parte, al azar del itinerario de una oscura compañía teatral donde actuaban sus padres, y que ofrecía un característico repertorio que combinaba Hamlet y Macbeth con dramas lacrimosos y comedias de magia”. Huérfano de padre y madre antes de cumplir los tres años a causa de la tuberculosis que ambos sufrían, Edgar fue a parar a Virginia, a la casa de un próspero comerciante escocés llamado John Allan. Para Edgar esta sería su verdadera familia, al punto de incluir el apellido Allan en su nombre.
Tal vez no deba pasarse por alto esta temprana desgracia en la vida del poeta, la muerte de ambos padres, al momento de evaluar su carácter sensible y melancólico. Otros elementos de la vida sureña habrían de influir en su imaginación: las nodrizas negras, los criados esclavos, un folklore donde los aparecidos, los relatos sobre cementerios y cadáveres que deambulan en las selvas bastaron para organizarle un repertorio de lo sobrenatural sobre el cual hay un temprano anecdotario. Una pieza que casi completa el rompecabezas tiene lugar en las oficinas de Ellis & Allan, la compañía de su padrastro. Allí el niño Edgar se inclinó desde temprano sobre los magazines trimestrales escoceses e ingleses y trabó relación con un mundo erudito y pedante, «gótico» y novelesco, crítico y difamatorio donde los restos del ingenio del siglo XVIII se mezclaban con el romanticismo en plena eclosión, donde las sombras de Johnson, Addison y Pope cedían lentamente a la fulgurante presencia de Byron, la poesía de Wordsworth y las novelas y cuentos de terror. Mucho de la tan debatida cultura de Poe salió de aquellas tempranas lecturas. El opio y el alcohol tal vez sean los elementos terminales que cierran el círculo y completan el retrato de este hombre torturado y genial.
El resto de su vida, es un devenir de amores contrariados y conflictos de ida y vuelta con su familia adoptiva. Algunas de sus obras mejores reflejarán estos amores infinitos y sufrientes, siempre asumiendo el disfraz oscuro de lo fantástico: Morella y Ligeia son dos ejemplos perfectos de este aserto.
La obra de Poe es de una belleza tan desmesurada y poderosa que influyó sin pausa sobre las generaciones posteriores sin sombra alguna de duda, pero durante su vida apenas si logró publicar en oscuras revistas semanales de circulación limitada y debió ganarse la vida como articulista y corrector de publicaciones mediocres. Una falta de reconocimiento que muchos otros de su talla sufrieron también.
El final de Poe lo relata Cortázar de esta manera: “El 29 de septiembre el barco atracó en Baltimore; Poe debía tomar allí el tren para Filadelfia, pero se hacía necesario esperar varias horas. En una de estas horas se selló su destino. Se sabe que cuando visitó a un amigo ya estaba ebrio. Lo que pasó después es sólo materia de conjetura. Se abre un paréntesis de cinco días, al final de los cuales un médico, conocido de Poe, recibió un mensaje presurosamente escrito a lápiz, informándolo de que un caballero «más bien mal vestido» necesitaba urgentemente su ayuda. La nota procedía de un tipógrafo que acababa de reconocer a Edgar Poe en un borracho semiinconsciente, metido en una taberna y rodeado por la peor ralea de Baltimore. Eran días de elecciones, y los partidos en pugna hacían votar repetidas veces a pobres diablos, a quienes emborrachaban previamente para llevarlos de un comicio a otro. Sin que exista prueba concreta, lo más probable es que Poe fuera utilizado como votante y abandonado finalmente en la taberna donde acababan de identificarlo. La descripción que más adelante haría el médico muestra que estaba ya perdido para el mundo, a solas en su particular infierno en vida, entregado definitivamente a sus visiones. El resto de sus fuerzas (vivió cinco días más en un hospital de Baltimore) se quemó en terribles alucinaciones, en luchar con las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de Gordon Pym y que misteriosamente se convertía en el símbolo final de esas tierras del más allá que Edgar parecía estar viendo, así como Pym había entrevisto la gigantesca imagen de hielo en el último instante de la novela. En un intervalo de lucidez, parece haber preguntado si quedaba alguna esperanza. Como le dijeran que estaba muy grave, rectificó: «No quiero decir eso. Quiero saber si hay esperanza para un miserable como yo.» Murió a las tres de la madrugada del 7 de octubre de 1849. «Que Dios ayude a mi pobre alma», fueron sus últimas palabras. Más tarde, biógrafos entusiastas le harían decir otras cosas. La leyenda empezó casi en seguida, y a Edgar le hubiera divertido estar allí para ayudar, para inventar cosas nuevas, confundir a las gentes, poner su impagable imaginación al servicio de una biografía mítica.”
Dejó escritas obras maestras como La caída de la casa de Usher, Morella, Ligeia, El gato negro, el corazón delator, el tonel de amontillado y muchos otros relatos que definieron para siempre lo que hoy conocemos como “terror” y creó el concepto del cuento corto y dentro de este subgénero, a C. Auguste Dupin, el detective que fuera antecedente directo de Sherlock Holmes y de paso el concepto de método deductivo, que este aplicara magistralmente bajo la pluma de sir Arthur Conan Doyle 60 años más tarde.
Ya lo he dicho. Los datos biográficos de un hombre apenas si sirven de referencia de su paso por la tierra. Yo, sin embargo, puedo decir que conocí a Edgar Allan Poe, a su espíritu sensible, a sus terrores más profundos, a sus amores más efímeros mucho antes de conocer su biografía. Fue a través de sus propias palabras, como debe de ser.
Una mezcla vil de mentiras y medias verdades
