EL DESEO DE MARIANA

“Cuidado con lo que deseas, porque se te puede cumplir.”
Dicho Popular
El hombre que la mira desde el otro extremo del subte le resulta vagamente familiar.
Se siente mirada sin escrúpulos.
Cuando ella lo mira el hombre no desvía la vista.
Y ella lo mira, a su vez.
No será la primera vez. Es una diversión. Es un juego que se plantea sin quererlo, casi. Un juego de miradas en el que las reglas se hacen a cada segundo haciendo de cuenta que nadie más que ellos están allí.
Mariana lo hace con una especie de inocencia, sin riesgos. Si el hombre se creyera verdaderamente objeto de interés e intentara un acercamiento, ella le echará encima una tonelada de indiferencia, con ese desdén que tan bien le sale. Mostrará su alianza de oro que la proclama propiedad de otro hombre y el infeliz se quedará con las ganas, inflado por la posibilidad perdida de un polvo furtivo y puteando, si le da la cabeza, contra la invariable histeria femenina.
Ya está dicho: no es la primera vez que Mariana se divierte así en sus viajes en subte. En general, sus víctimas son tipos que van con su pareja y que están, literalmente, atados de pies y manos. Con ellos se muestra particularmente sensual; Mariana maneja admirablemente su cuerpo caudaloso, voluptuosamente abundante, enfundado en ropas que parecen puestas para ser quitadas. Les dejará ver lo justo para que desesperen y los consuma el deseo de ver más, como si la vista fuera parte del sentido del tacto.
Sus ropas. Eso es lo que piensan los hombres que la padecen en el subte. Piensan en cómo será sacar esas ropas de ese cuerpo, cómo olerá esa piel blanca que parece crema, cómo será tocar ese pelo rojo que parece un incendio. A qué sabrá esa boca generosa, ávida. Qué no hará esa mujer con esa boca. Muchas veces la desteñida mujercita que acompaña a alguno de estos tipos los sorprenden mirándola angurrientos: a Mariana la divierte ver la zozobra que ha causado, la mirada de celos furiosos de la hembra.
Mariana, diría su madre, se divierte barato. Gratis, mejor dicho. Su marido, claro está, ignora este pequeño e inofensivo deporte. Si lo supiera, lo interpretaría inmediatamente como un insulto a su hombría, aunque no es que le fuera a importar demasiado más allá de eso: la triste paradoja de todo esto es que Mariana le parece un objeto sensual a un buen porcentaje de los hombres con los que se cruza en el día, pero a su marido le sigue pareciendo excedida de peso y francamente poco elegante. Es hombre formal, empleado bancario de cierta jerarquía que no viste otra cosa que colores pastel y zapatos náuticos como el colmo de lo casual. El vestir de su esposa lo enferma, esas ropas negras, esos aros, ese maquillaje llegan a ofenderlo como pocas cosas en este mundo de Dios lo ofenden. Alguna vez intentó cambiarla, volverla al buen camino, pero ahora ya ha perdido la esperanza. Tiene razón mamá, no tiene arreglo, piensa de vez en cuando, mientras desviste torpemente a la contadora del banco, con la que se acuesta desde hace más o menos un año todos los jueves después del cierre de caja y que no tiene inquietudes estrafalarias con respecto al sexo: es feliz tendiéndose en la cama, abriendo las piernas y dejando que el hombre haga todo el trabajo, como Dios lo manda.
El hombre no deja de mirarla. Mariana sonríe para sus adentros y desvía la vista. Es su estrategia preferida, mirará para otro lado el tiempo justo para que el pobre idiota empiece a preguntarse si no se habrá equivocado. Lee los aburridos carteles de publicidad del vagón, mira las caras anónimas de la gente que viaja allí, caras que rara vez reflejan algún pensamiento, vacías de toda particularidad. En el recorrido, su vista se topa con la mirada de reprobación de una vieja que parece típica carne de iglesia, chupacirios de rezo del rosario a las seis de la tarde. Es una mirada de odio. Mariana le sonríe con sus labios rojos mientras agita como sin darse cuenta los dedos cargados de anillos de la mano derecha, con las largas uñas pintadas de negro brillante, “jodete, vieja de mierda”, piensa mientras amplía la sonrisa. Ah, la vida es maravillosa.
Cuando vuelve a mirar, el hombre ha desaparecido. Es decir, ya no está allí. Maldición, se bajó en algún momento mientras ella estaba ocupada con la vieja bruja reza-rosarios. Un leve latido de decepción le incomoda el gesto. Le gusta ser ella la que termine el juego, no que otro lo termine primero.
Se para. En la próxima estación debe bajarse. Sobre sus tacos aguja de doce centímetros sus piernas enfundadas en medias negras parecen exageradamente deseables. Se vuelve hacia la vieja y ve claramente que la boca de la bruja se forma en una palabra muda: puta. Mariana se ríe, asoma la lengua brillante por entre los labios y después baja del subte.
En medio de la noche ya son las diez y en la calle sopla un viento frío. Mariana se cierra el abrigo mientras sube las escaleras apenas iluminadas por la luz mortecina de una vieja lámpara, que arranca reflejos empañados a las mayólicas centenarias de las paredes. Deja atrás el calor malsano, viciado, de los túneles y entra en el frío cruel de un junio riguroso como hace años no se tenía. Detrás de ella oye un estrépito de metales. Se vuelve. Un empleado grisáceo que salió de ningún lado está cerrando la puerta de reja corrediza. Era el último tren. Se le había hecho tarde. ¿En qué había estado pensando?
La calle está silenciosa. Mariana mira a su alrededor como si despertara. Algo no está bien. ¿En qué calle está? ¿En qué estación se ha bajado? Se vuelve a mirar el cartel, pero no está. Su lugar lo ocupa un hueco en el que ve únicamente unos tubos fluorescentes rotos, muertos. Camina hacia la esquina más cercana. Sobre la calle se levantan casas oscurecidas y silenciosas, decrépitas. De los huecos de las ventanas no sale una sola luz. De ninguna de ellas. Son cientos de ojos vacíos que la miran. Un barrio de casa abandonadas. La calle misma no tiene luz y Mariana cae en la cuenta de que solamente puede ver por el intenso brillo de la luz de la luna, enorme como una cara colgada allá arriba en el cielo. ¿Habrá un apagón? Mariana siente, muy a su pesar, un temblor: la vibración del diapasón del miedo. Mira la calle, atrás de ella, mientras no deja de caminar. Si viene un taxi, se tirará dentro y se irá a casa más que volando. Basta de jodas. Tiene 27 y jamás se había perdido, ni de chica. ¡Qué boluda!, piensa con bronca mientras el miedo sigue vibrando allá abajo, en su estómago.
Ya antes de llegar a la esquina, se da cuenta de que no hay cartel que indique los nombres de las calles. ¿Dónde carajo está?
La ochava la ocupa un almacén derruido con las vidrieras rotas. Mariana mira dentro: allí se apilan viejas botellas polvorientas, cubiertas de musgo, a algunas de ellas les ha saltado alguna vez el corcho y por el cuello se derrama una espuma negra y endurecida por los años. Adivina movimientos en la oscuridad de la vidriera: ratas, cucarachas o sabe Dios qué otra cosa. Algo está mal. Muy mal. Mariana retoma la marcha, Camina muy rápido, casi corre. Ahora el miedo le late en la garganta, la respiración se le amontona en los pulmones, mientras sus tacones marcan un eco agigantado por el silencio y sus pechos abundantes saltan dolorosamente por la velocidad del paso. Casi corre. Por delante la calle se prolonga aparentemente hasta el infinito, allí donde por fin se tocan las paralelas. En el cielo oscuro sigue reinando la luna, tan amarilla que parece hinchada de pus. Y hablando del cielo, ¿siempre ha tenido esa tonalidad, esa mixtura indefinible entre azafrán y rojo, como si tras el escote del horizonte se hubiera desatado el incendio más grande del mundo y las llamas estuvieran reflejando su furia?
Bueno, ya basta de poesía. Hay que salir de semejante lugar, tan parecido por momentos a recuerdos inconexos de algún sueño que alguna vez tuvo. Huir. A casa, a tu estúpido marido, a tus CD de Marilyn Manson, a la botella de tequila a la que de vez en cuando le das un beso prodigioso, cuando estar sola se te hace tan pesado, cuando no hay juegos en el subte con machos ajenos y solamente queda ser vos quien mejor te acaricie, la única que sepa pulsar los botones del gozo. Huir, aunque irte haya formado tantas veces parte de tu fantasía, en esos terceros sábados del mes cuando él te hace el amor... o mejor dicho, cuando vos te tendés en la cama y abrís las piernas sintiéndote tan fría como una piedra mientras él se descarga dando gemiditos de perro y sacudiendo la pelvis huesuda con esos espasmos veloces y breves, tan decepcionantes como la torpeza con la que se retira y se tiende jadeante a tu lado, quedándose dormido casi al instante, dejándote pensando que sos un excelente somnífero. El mejorcito que él es capaz de conseguir. Pero aún así, en este momento en que el miedo te ciega, te aturde, hasta eso es deseable. Volver, llegar a terreno conocido y olvidarte de esa ciudad muerta en la que estás vagando ahora, como si fueras la prisionera de un mal sueño. Huir. La palabra mágica.
Mirando esporádica, mecánicamente hacia atrás por si aparece el taxi salvador, Mariana corre por las veredas irregulares. Dos veces los tacos le juegan una mala pasada y tropieza con serio peligro de romperse un tobillo. No le importa. Sigue corriendo. Una, dos, tres cuadras de casas abandonadas, de silencio. Ni un solo vehículo pasa por la calle empedrada. El viento que antes silbaba en sus oídos se ha detenido. Ahora sí que la quietud es imposible, absoluta. ¿Habrá gente en esas casa oscuras? ¿Y si golpeara una puerta? ¿Saldría alguien que pudiera ayudarla o, por el contrario, saldría algo de esas casas capaz de hacerle daño de verdad? Mientras corre, mirando con los ojos desorbitados los rincones oscuros, las bocacalles, los pasajes irregulares, piensa si en algún lugar, no muy lejos de allí, habrá gente llevando su vida normal en la calle, paseando, retando a los niños que hacen demasiado ruido, entrando a los negocios de luces brillantes, usando la tarjeta de crédito, escuchando la música que sale de los locales de ropa para adolescentes como un torrente, decidiendo si entran a tal o cual restaurante o apurando el paso para llegar a casa y no perderse a Lanata o a Tinelli. ¿Dónde está toda esa gente, por Dios? Mariana siente que el terror la domina, una desesperación oscura le llena el cuerpo, la debilita. Está espantada, sudada como una yegua, con el maquillaje corrido por las lágrimas que hace rato le chorrea por las mejillas y que le da un aspecto de zombie de película clase B. Pero nada de eso ocupa un solo momento de su mente. Escapar, volver a zonas conocidas, o al menos con gente, con vida.
Llegando a la esquina, por fin, se detiene, jadeante, casi asmática. Y siente que las pocas fuerzas que tenía la abandonan: allí está el almacén de las vidrieras rotas, las botellas polvorientas, esa, a la que se le saltó en algún momento el tapón. Es el mismo lugar. No podría haber dos sitios idénticos. ¿Había estado corriendo en círculos, como una rata en un laberinto? Eso que le sube por la garganta es un grito. Es lo único que le queda.
Si una mano se hubiera posado entonces sobre su hombro, esto sería el relato de una barata película de terror. Nada de eso. Es el viento que le alza la pollera el que la distrae de la vidriera decrépita, de su impresión cada vez más creciente de estar en medio de una pesadilla de la que, eventualmente, va a despertar en algún momento. Y además...
(mariana...)
Se vuelve, sobresaltada. El viento, o... pero no. No hay voces allí donde está perdida. Lo que manda es el silencio. Ya ha aprendido eso. Tan solo el maldito viento. ¿Y si gritara, pidiendo auxilio? Tal vez alguien detrás de ese horrendo decorado la escuchara. Si hubiera hecho caso de su marido cuando esta misma mañana le ha recomendado más de dos veces que no olvide el celular. Y ella lo ha olvidado a propósito, la hembra libre que no quiere ser ubicada fácilmente. Maldita sea...
(mariana..)
Basta. Es una voz. Ahora la oyó claramente. No hay duda. Se vuelve, mirando las calles vacías, las casas oscuras. Nadie, por supuesto.
¿Nadie?
Está allí, parado en el umbral de una vieja casa de altos, apenas cruzando la calle estrecha. A la luz amarillenta de la luna cuyo derrotero por el cielo parece tan muerto como la ciudad que la rodea, Mariana lo ve claramente. El hombre del subte, el que desapareció cuando ella se distrajo con el odio de la vieja chupacirios. No hay duda. Mariana siente primero alegría de ver a alguien, enseguida aprensión. Desde hace un buen tiempo nada es normal. ¿Porqué iba a serlo esto? ¿Y qué demonios hace ese hombre allí? Mariana lo mira, respirando agitada por el miedo. Ignora que ese miedo la embellece hasta límites insospechados. Las mejillas tiene un color súbito, violento. Los ojos le brillan como faroles húmedos, la boca entreabierta deja ver apenas sus dientes blancos contrastando con el carmín rojo como la piel del diablo, la frente perlada de sudor frío, el pelo rojizo revuelto. Es un dibujo perfecto del deseo de cualquier hombre.
(acercáte, mariana...)
Cruza. ¿Qué otra cosa puede hacer? ¿correr? ¿adónde?
Es alto y si bien su figura apenas se distingue de las sombras que lo envuelven, perece delgado, con una extraña actitud de fijeza en ese mirar. Tiene la piel blanca, muy blanca y esos ojos enormes por momentos parecen rojos, por momentos, efectos sin duda de la extraña luz, es como si fueran de plata. Sonríe. Mariana se siente presa de una abrumadora sensación de dejá vu, al igual que le ocurrió en el subte, la cara de ese hombre le resulta familiar aunque imposible de ubicar...
La capacidad de no recordar los sueños es una enorme protección, aunque también una terrible pena. No recordamos nuestros sueños porque en ellos podemos morir, pero dejamos atrás lo mejor de nuestro espíritu, de nuestros deseos, de nuestra vida verdadera...
Esa voz. Mariana la oye en el aire vacío de la calle sola, pero también dentro de la cabeza, en las venas, en el estómago, como si en lugar de ser un sonido fuera una vibración.
-¿Quién sos?
Llega donde el está de pie. Temerosa como una niña frente a su violador. Se siente cohibida y a la vez, mirando esos ojos, piensa que no es posible temer nada frente a esa mirada. Así deben ser los ojos de los ángeles. El extiende la mano, larga, blanca y en cierto modo ávida. Una avidez que la hace sentir agradablemente necesitada. Una mano que tal vez fue hecha para acariciar, para tocar, para explorar. A Mariana el tacto frío de esa mano también se le antoja algo familiar, ya sentido anteriormente, en ese donde nunca que tal vez jamás ocurrió, pero al que no puede dejar de volver. Ella se deja tomar la mano por la de él, porque ya no importa la pesadilla de saberse perdida en esa noche sin fin. Esa mano le confiere una sensación de extraña euforia, como si hubiera estado años esperando sentir si contacto. El le sonríe, los dientes blancos sobre los labios. Ella deja caer la cartera en la vereda. El se acerca. Sus cuerpos tan cerca se dibujan de pronto como si fueran solo uno, silueta sin razón, monstruo inexplicable. Esos ojos.
Las manos se mueven sin el menor atisbo de timidez, sin que Mariana haga otra cosa que mirar esa mirada. La ropa, esa que los hombres creen puesta para ser sacada cumple exactamente con su función: como por arte de magia, siente el viento suave sobre su carne desnuda. La ropa se amontona, inútil, alrededor de sus pies. Su mente embotada piensa oscuramente qué vergüenza si alguien me viera, pero también eso, la desnudez en plena calle, formó parte alguna vez de sus más calladas fantasías. La respiración se le vuelve espesa, los pezones se le endurecen dolorosamente, la boca se entreabre. Las manos de él no dejan de moverse y ella sabe que todo su cuerpo, sus hormonas, cada una de sus células, está asintiendo a ese momento de imposible belleza, como cuando era una niña y al confesarse en la iglesia, comprendía que jamás había pecado por ignorancia, que siempre al pecar había sabido que estaba pecando, que jamás nunca había sido inocente. Nunca hasta ahora.
El hombre la invita a entrar por el pasillo de la casa. Ella avanza desnuda (claramente consciente de esa desnudez, del suave roce de la cara interior de sus muslos entre sí, de sus nalgas redondas temblando suavemente con cada paso), tomada de su mano. Dentro no hay oscuridad: la luz amarilla de cientos de velas disipan las sombras lo imprescindible para no sucumbir a la desorientación. Esa casa tiene sombras que no son fáciles de vencer. Se retirarán un poco, pero esperarán allí agazapadas, listas para volver a reclamar lo que les pertenece por propio derecho.
Un lecho de sábanas blancas como el alma de una virgen está en medio de una habitación espaciosa. Ella le acaricia la cara y él vuelve a sonreír.
-¿Quién sos?- vuelve a preguntar ella.
El se inclina para besarla, pero en lugar de eso le habla en la boca, sin dejar de mirarla con esos ojos quemantes de arcángel.
Pero si ya sabés quién soy ¿No me diste ya un nombre, mariana?
¿No soñaste acaso, conmigo, cada vez que ese hombre que te posee se descargaba en vos y se daba vuelta a roncar sin importarle nada de tu placer? ¿No dibujaste cada centímetro de mi cuerpo mientras tus dedos jugaban con tus pezones solitarios, pensando, deseando mi boca cerrándose sobre uno de ellos, dolorido, erecto, para mamar y mamar hasta hacerte llorar de gozo? ¿No me hizo primero tu deseo, tu soledad? ¿No me dibujaste detrás de tus ojos, no oliste mi olor, no bebiste mil veces el jugo de mi cuerpo, imaginando ese sabor salvaje una y mil veces bajando por tu garganta? ¿No nací, acaso, en tus sueños? ¿No te me entregaste ya antes, en cuerpo y alma? ¿No te me prometiste eternamente a cambio de lo que tanto deseaste? Tanto me llamaste que por fin vine. Es hoy. Hoy es el día de tu carne.
Ya no dice más. Fin de las palabras, el verbo ha muerto. Mira los ojos de ese hombre que ya no es un extraño y se ve a sí misma. No se resistirá. No quiere, no puede. Se ha vuelto esclava de su propia fantasía. Y si un dedo de miedo se le mueve, frío, en el vientre, no sabrá distinguirlo de la inquieta cosquilla del deseo.
El aliento hirviente de él en la humedad de la entrepierna le provoca un temblor repetido. Su boca, extrañamente suave, la devora con un salvajismo delicado y gentil. Mariana se entrega, finalmente. Abre aún más las piernas trémulas, adelanta la pelvis para brindarle la vulva abierta para que él resuelva qué hará con ella.
Sus cuerpos se entrechocan en la penumbra sudorosa, desbocados los alientos, abiertos los poros, generando ese olor único que subleva los sentidos. Es el momento de la eternidad, la beatificación del deseo, la vida eterna, amén.
No puede hablar, las palabras se le han olvidado, descendieron a un nivel de la memoria a la que no puede acceder. Por eso habla con el cuerpo, con la boca, con las manos; se siente náufraga en un sueño tenido muchas veces, en el que su entrega será tal que de sus pechos saldrá, para que su amante beba hasta saciarse, licor de la vida: sangre y leche.
Siente por fin la fuerza de su carne, la carne de él, recia y caliente, pugnando por escurrirse adentro de su cuerpo y una burbuja de llanto le infla la garganta. Llora de placer, de felicidad, de miedo, de placer otra vez. La boca de él sube de sus pechos al cuello mientras la aprisiona con sus brazos y la posee en silencio. Por un momento siente su boca allí y comprende que deberá esperar más. Más, ciertamente.
Por fin sobreviene eso, una electricidad de rayo, un vacío en el estómago, un calor que le quema los ojos, un calambre tetánico en las piernas. Eso que por simplificar miserablemente algunos llaman orgasmo, llega como un alud, una explosión, un terremoto en las profundidades del océano. Mariana grita, porque no encuentra otra forma de hacer con el cuerpo para que ese instante sea eterno. En ese momento él clava los dientes en el cuello y empieza a beber. Y ella grita, y grita, y grita.
La encuentran dos días después, buscada por la policía a raíz de una denuncia de su esposo. El hallazgo se produce en un edificio abandonado de la zona de Barracas. Mariana tiene los ojos fijos en el techo podrido. Está tendida en una cama desvencijada, sucia, embebida en su propia sangre ya seca, oscura. La sangre de Mariana está por todas partes: mancha las paredes, el propio techo, el suelo de pinotea arqueado y deshecho.
El marido llega. Descontrolado, lloroso, grita que quiere verla. Dos policías lo atajan. No lo dejan pasar. Dos hombres sacan fotos al cuerpo desnudo, blanco. La miran extrañados. Los dos morgueros que deberán ponerla en una camilla para trasladarla dudan un instante al costado de la cama. Se miran. La perfección de ese cuerpo los ha sorprendido: posee una belleza relumbrante, de santa. La carne está turgente, parece que fuera a reiniciar la respiración en cualquier momento. Nunca han visto algo así. No se ven así los muertos. No. Uno de ellos, incluso, siente un involuntario tic de deseo. Mira alrededor, culpable. Pero todos los presentes parecen asaltados por una repentina inquietud ante ese cuerpo de belleza perfecta.
En el pasillo de la derruida propiedad los policías comentan con extrañeza la falta de los signos con que la muerte proclama sus victorias.
Todos comentan extrañados la tenue sonrisa que curva los rojos labios de Mariana.
Una mezcla vil de mentiras y medias verdades
